En el principio está la admiración

Es algo realmente curioso que este universo sea un “cosmos”, un todo armónico y no un “caos”, un desorden. Ese todo armónico es un enigma que nos asombra y nos produce admiración, generando en nuestro interior una gran suerte de interrogantes. ¿Cómo es posible esa armonía en el universo a pesar de lo diferentes que son entre sí los seres que lo componen, a pesar de los cambios constantes que en él se producen? La pregunta viene generada por la admiración y el asombro que este mundo enigmático produce en nosotros, pero ¿cuál es la respuesta?

Fueron los mitos de la antigüedad los que primero intentaron contestar al gran enigma, a través de narraciones fantásticas que recurrían a las fuerzas sobrehumanas para explicar el origen y la regularidad del cosmos: dioses, semidioses o poderes cósmicos personificados.

La filosofía occidental también intenta responder a la gran pregunta, pero recurriendo al logos, esto es, a través de explicaciones racionales que pretenden sustentarse en argumentaciones.

En lo que a mí respecta, me quedo con los mitos y la actividad de los primeros filósofos, que recurrían frecuentemente a explicaciones míticas. Recomiendo fervientemente leer a los filósofos presocráticos, sobre todo a Heráclito, del que hablaré otro día. Baste hoy con añadir a mis reflexiones un fragmento de la Metafísica de Aristóteles, que hace un intento de responder a la gran pregunta del principio armónico:

Los hombres comienzan y comenzaron siempre a filosofar movidos por la admiración. […] Pero el que se plantea un problema o se admira, reconoce su ignorancia. Por eso también el que ama los mitos es en cierto modo filósofo; pues el mito se compone de elementos maravillosos. De suerte que, si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro que buscaban el saber en vista del conocimiento, y no por alguna utilidad.

Aristóteles, Metafísica